martes, 13 de diciembre de 2011

Son los intereses




Es común a las campañas electorales el ruido que producen los contendientes. Se trata de hacer inaudible el mensaje de los adversarios. El mensaje generalmente no es recogido en sus partes para ser integrado, las propuestas tratan de dar gusto a casi todos, se adopta el giro que la audiencia específica demanda, a los empresarios lo de los empresarios, a los trabajadores lo de los trabajadores, a los jóvenes y mujeres también. Y así, al son que les toquen bailan. Las diferencias ideológicas se diluyen pues el asunto se dirime entre los salvadores y los malvados. Lo único constante es el eje sobre el cual se monta el discurso, la arenga, el “proyecto”. Los mismos políticos se han encargado de devaluar las identidades partidistas. Sin pruritos de por medio, una mañana pueden amanecer defendiendo una opción, al mediodía cambiar por otra, sin que ello represente alguna conmoción de su conciencia, mucho menos una sanción. El cambio de posición partidaria se lleva bien con el cinismo. La ocasión hace a las banderas.



Esta falta de rigor, de consecuencia más bien, hace que los discursos pretendan ser llegadores aunque carezcan de sustancia. Si es el Partido Acción Nacional, su guía es infundir miedo en los electores. Si de la coalición de izquierda se trata, el tema articulador es el amor ¿Alguien le preguntará a López Obrador cuáles son sus lecturas amorosas en la que basa su república? En cambio, la alianza que apoya a Peña Nieto se centra en el Estado eficaz, lo que de ello quiera o pueda entenderse. El caso es que durante el año electoral en curso la estridencia y el denuesto harán lo necesario para minimizar la mesura y la serenidad.



Lo que no harán los candidatos es una exposición clara sobre sus intereses personales y los intereses terrenales de sus apoyos, de los grupos dentro de las fuerzas políticas y extrapartidarias, de lo compromisos no enlistados en las plataformas respectivas. Los intereses quedan en el subsuelo o resguardo de la luz del día. Los arreglos de los cuales nos enteraremos años después de iniciada la próxima administración. Esta lamentable condición será reforzada por el fortalecimiento de los poderes fácticos que se ha venido desplegado en las últimas décadas y que son un auténtico regreso al siglo xix. Los intereses nacionales hace tiempo que la globalización los pulverizó, al grado de carecerse un proyecto industrial o de subordinar la seguridad a los dictados de los Estados Unidos, por ejemplo. Los intereses de la ciudadanía que se resumen en el reclamo de seguridad y justicia para todos –en su significación extensa y diversa- tampoco merecen tomarse en serio. Si acaso, son el chacoteo de las campañas, su toque “populista”.



Son los intereses de los menos los que mantienen al país en la postración y de esos poco se hablará.      



En medio de este páramo se despierta el México bronco de todos tan temido, evidenciando palmariamente el fracaso de nuestras élites. No es un paréntesis de horror que en el más guadalupano de los días, el 12 de diciembre, se difunde la noticia de dos muertos en la autopista del Sol, que comunica al Puerto de Acapulco con la ciudad de México, en el camino atraviesa Chilpancingo, Guerrero. Una toma de la vía federal por parte de estudiantes normalistas rurales. Rodeados por policías municipales, estatales y federales, abren fuego en contra de ellos sin saber cuál de las corporaciones o quién hizo los disparos. Bajo otras circunstancias de las ya conocidas y recurrentes en este sexenio, Gabriel Echeverría de Jesús y Jorge Alexis Herrera, se suman a la lista de asesinados en la espiral de violencia que vive el país. Ese es el México ensangrentado en el que discurrirá el año electoral y no parece preocupar demasiado a la autoridad federal que sólo cuando mueren los suyos clama la ayuda celestial y pronuncia encendidos discursos. Tampoco conmueve a un gobernador que si tuviera vergüenza debería renunciar o pedir licencia para no ser obstáculo en la investigación de hechos.



Son los intereses que ciegan y no dejan ver la realidad.


miércoles, 7 de diciembre de 2011

En casa del jabonero




Seguimos sumidos en la anécdota con tal rehuir los temas centrales que tiene que atender el proceso electoral en curso. La laguna mental o ignorancia en cuestiones literarias de Enrique Peña Nieto ha servido para calar al aspirante presidencial. Lo vergonzoso es que sus adversarios hagan el papel del burro hablando de orejas. Por ejemplo, Ernesto Cordero diciendo que su resbalón fue menor en lo que a confusión de nombres y obras de autores. No señor, resbalón es resbalón. El meollo es querer presumir aficiones que no lo son tanto y exhibirse como tontos con iniciativa. Otro ejemplo es López Obrador. Con qué cara le hace recomendaciones a Peña Nieto para que ingrese en un taller de lectura cuando el mismo AMLO resultó todo un fósil de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. A quién quiere apantallar. Ya envalentonado aprovecha para afirmar que Peña Nieto “encarna la corrupción” como si el tabasqueño no hubiera designado un secretario de finanzas que salió un pillo o no hubiera desarrollado relaciones corruptas con el empresario argentino Carlos Ahumada, por mencionar lo que alcanzó el registro de la prensa. No es mejor para la sociedad que AMLO se dedique a difundir su proyecto de la república amorosa o pretende que se le devuelva su célebre vulgaridad del “Ya Cállate chachalaca”. Acaso se quiere llegar al ridículo de exigirle a los contendientes conducirse con civismo.

Llevamos más de una década padeciendo la catarata de obscenidades y expresiones vacuas o de mal gusto en las campañas electorales –campañas tales a las que personalmente me resisto a considerarlas parte de “la normalidad democrática” y sí como síntoma de la degradación inducida en la convivencia pública- en las que tienen mucho que ver los gabinetes o compañías que lucran haciendo el mercadeo de candidatos a cualquier puesto de elección popular. Agencias privadas que diseñan campañas con servicios integrados de encuestas, radio y televisión que se encargan de construir un producto, pero que están lejos de darle forma a un gobernante enfocado al servicio público. Esas agencias son fábricas de decepciones.

¿Por qué tanta calentura? Pues porque en tiempos de campaña se hacen amarres para asegurar negocios privados o todavía creen que el enriquecimiento obedece sin desviación al cumplimiento de la ley del mercado. Ahí vemos desfilar a los candidatos, bien modositos todos, ante las organizaciones o grupos empresariales, ofreciéndoles al país para su beneficio pues no es correcto en estos tiempos ser crítico de los empresarios. No hay ganas de enfriar la temperatura que genera el incendio de la inmundicia electoral con ofertas que nos hablen de esquemas eficaces y probados en contra de la corrupción, de fortalecimiento de la educación pública en todos sus niveles. Nada de eso. Lo que hay es el rebajamiento de las instituciones por la conducta condescendiente de los contendientes con la industria del entretenimiento. Luego, en el gobierno, se desobligan por andar de anunciantes de negocios privados. Para eso no se les paga.

La calentura también proviene del presidente Calderón que está haciendo campaña a favor de su partido y en contra de las instituciones electorales. Actuando con el mismo descaro que su antecesor, Vicente Fox Quesada. Si el clima político se sigue deteriorando el principal responsable será Felipe Calderón Hinojosa.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Sombras nada más






Este lunes muy temprano recogí el ejemplar de 24 Horas El Diario sin límites en el lugar acostumbrado, en las inmediaciones del Bosque de Tlalpan. Algo que no puede hacer, por ejemplo, quien radica en Chihuahua. Voy a la nota sobre el evento del pasado domingo de Felipe Calderón y sus acarreados, del cual se destaca: “Habló sin parar durante una hora y 13 minutos”. Nada extraordinario, hablar en público ante un auditorio anclado a un recinto es tarea de los que detentan el Poder. Es algo muy antiguo, como los sofistas en la democracia ateniense de la Grecia Antigua. Es algo muy arraigado, como lo constató Pierre Clastres en las tribus de la Amazonia. Es algo muy nuestro, como la milenaria tradición del Tlatoani. La Jornada agarró otro giro, la descalificación que hizo Calderón de sus críticos sin dar nombres. Ah, cobarde. Según este diario, el Presidente se dice censurado por combatir al crimen. No sé de dónde sacó eso, pues censura no es lo mismo que crítica. Estaba deslenguado el señor Calderón: “La intervención palmaria y evidente de los delincuentes en procesos electorales”. Si es así es de preguntarse por qué no los agarraron en flagrancia a los delincuentes y dieron inicio a proceso. Pura palabrería de quien ya está interviniendo en el año electoral en curso, aunque lo tenga prohibido. Reforma resaltó la sinceridad presidencial: “Me he rebelado contra la fatalidad”. Y vuelve otra vez. No existe quien se regocije en la fatalidad propia, pues en la ajena créanme que sí. Fatalidad acaso no es destino, destino no es obra de la mano de Dios (Libro de Job) Para la columnista Aurora Berdejo, le recalcitró el estado se sitio que se impuso en una porción de la capital del país para poder llevar a cabo el evento presidencial. Y esos son los defensores de la democracia, digo yo, esos panistas que actualizan las técnicas del acarreo.



Pasando a otra jerarquía, el precandidato del PRI a la presidencia de la república, Enrique Peña Nieto dio de qué hablar por hablar de lo que no es lo suyo: las letras. Ni leerlas, ni escribirlas. No sé si se le ha exigido de más, pero si me preocupa que orientaciones de este presidenciable (todavía lo es) no se comenten con el mismo furor y pasen como si nada ante el respetable. Me refiero a la cercanía que dicen que tiene Peña Nieto con Pedro Aspe, incluso se ha filtrado que Luis Videgaray es recomendado de Aspe. No se puede ser tan desmemoriado como para no recordar que Aspe dejó prendida de alfileres la economía en los estertores del sexenio de Carlos Salinas. Por algo el entonces Presidente no lo consideró su sucesor y se inclinó, en un primer momento de decisión, por quien fuera responsable de su política social, Luis Donaldo Colosio. Después vino el asesinato del candidato priísta, hecho cuyo beneficiario efectivo fue la tecnocracia. Salinas sabe que el neoliberalismo es una doctrina muy desestabilizadora como para encargarle la política.



Ya para no dejar títere con cabeza, López Obrador pone la suya. Cómo está eso de que su hijo es considerado para formar el equipo de “precampaña”, que por cierto legalmente tiene vedada como candidato único. También está anotado el famoso Nicolás Mollinedo, el chofer del entonces jefe de gobierno que cobraba como director. Lo que son ganas de hacerse la vida difícil: nepotismo y amiguismo. Por eso la gente no cree en los políticos y se merecen un título de tango.


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