Por cualesquiera motivos,
públicamente la moral está, por lo general, fuera de foco en la conversación
nacional. No está de moda. Se alega de que es un asunto privado o de colectivos
religiosos que sólo incumbe a sus respectivas congregaciones. Plantear
cuestiones morales es presumir superioridad y de ninguna manera el gobierno es
el indicado para sugerir orientación ética a sus gobernados. Ya se vio como al
principio del gobierno de López Obrador, su propuesta de Constitución Moral fue
bateada por la oposición partidista y de la llamada sociedad civil organizada.
Hay actos reprobables que inmediatamente
etiquetamos como delitos. Las ejecuciones entre bandas de delincuentes, el
asesinato de periodistas, los feminicidios, no nos detiene a considerar el
vacío moral en el que ocurren dichos actos. El caso de la chica Debanhi Escobar
Bazaldúa es elocuente. El o los asesinos actuaron sin reconocer en Debanhi a su
semejante con pleno derecho a existir. La “projimidad” como dice Francisco, mejor
aún, la alteridad como sugieren los filósofos es el núcleo de todo acto moral. No
como un mandato, más bien una relación “Yo-Tú” en la que recíprocamente cada
persona actúa, decide, elige bajo la presunción de no afectar a su semejante.
Es lo que conmina estar en “atención” con el otro, respetarlo. Cuando ese
núcleo se rompe o se pierde, el vacío moral que abisma la relación Yo-Tú no
deja mediación al diálogo, al trato. Lo más leve de ese vacío es el ninguneo, que
puede ir escalando a la opresión y empeorar hasta configurar la aniquilación
del otro, el asesinato. Pienso en Debanhi y me resulta aturdidor imaginarme el
vacío moral en el que ocurrió su deceso.
Visto fuera de mi aldea,
reconozco que ese vacío moral no tiene fronteras y es más pavoroso en las
confrontaciones bélicas. Que no importa, a veces, la adscripción religiosa. La
Europa cristiana vivió en guerra consigo misma por más de un siglo desde que
comenzó la rebelión protestante contra el papa (siglo XVI) Es más, con antelación,
se instituyó la Santa Inquisición como mecanismo de tortura y aniquilación de
seres humanos. Fue en ese siglo cuando Maquiavelo funda la Ciencia Política sin
arrimarle un fundamento moral. En el siglo XVIII, en un parpadeo Adam Smith,
cambio el imperativo de la “simpatía” como inspiración de un orden social en
armonía y lo cambia por el egoísmo como motor de la riqueza de las naciones. Nace
la Economía Política. Así, la civilización moderna fue haciendo la historia
poniendo en el centro al hombre, libre y soberano, que lo puede todo con sólo
desearlo, vadear los límites con el uso de la razón.
En el siglo XIX “Temor y temblor”
es disertación de un pastor danés sin audiencia, el ateo de El Gran Inquisidor
proclama “todo está permitido”. “El hombre y lo sagrado” deriva en la
sacralización del ser humano, “cómo no ser dios” clamará Nietzsche. En el siglo
XX, entre otras muchas maldades, nos dio la sentencia “la sociedad no existe” y
las series de mafiosos carismáticos.
El mito del hombre llega a su
fase superior, nos está matando.