miércoles, 24 de septiembre de 2008

Inseguridad


Fue Felipe Calderón a Nueva York. Gira de tres días en los que su agenda tiene el interés proponer la colaboración internacional en materia de seguridad. El destino que se ha forjado en su gestión como gobernante de México lo ha llevado a compartir su preocupación por el combate a la inseguridad a otros países. Quien iba a decir que aquel candidato del empleo ahora arrastre penosamente el tema de la seguridad, que en el origen del sexenio tenía un claro sentido legitimador.

Cuando en diciembre del 2006 se instruyó al Ejército como punta de lanza en contra del crimen organizado, se prescindió del cálculo elemental sobre el arraigo de las actividades ilícitas en estructuras de gobierno, policial y como actividad sensiblemente extendida dentro de la sociedad. Mal que bien, en 2007 la estrategia en contra de la delincuencia no se percibía desbordada por el hampa afectada, aunque lo estuviera. Todavía en diciembre de ese año el gobierno hizo una primera evaluación interna de su primer año de ejercicio. No se publicitó el resultado de la evaluación, pero de ella derivó lo que ha sido la decisión más acariciada de la actual administración: impulsar la reforma energética.

En ese esquema, a la prioridad del combate a la inseguridad le vino el rebase por el tema energético. Para enero de 2008 el Presidente estaba exultante de optimismo, llegó a declarar que en el fondo la adversidad –del panorama económico mundial- le emocionaba. Tan le importaba ese giro energético de su agenda nacional, que el relevo en Gobernación no estaba motivado por la inseguridad. Recientemente, el presidente Calderón confesó que el arribo de Juan Camilo Mouriño al despacho de Bucareli tenía el propósito de negociar la reforma energética.

En la especulación presidencial, si Mouriño era bueno para los negocios asociados a la energía entonces sería bueno para llevar a buen puerto dicha reforma. Una falacia desastrosa. Ni pudo conducir el debate energético, mucho menos ganarlo. Y en ese afán reformador, Mouriño terminó en medio, atrapado en la beligerancia del crimen organizado, circunstancia para la cual nunca se había preparado, nombramiento que desde el punto de vista de la política interior nunca tuvo congruencia, por decir lo menos.

Ahora se ve como en su comparecencia ante diputados del martes 23 de diciembre, JC sufre su encargo junto con el Procurador y el Secretario de Seguridad Pública. El presidente Calderón puso por delante el tema de la inseguridad desde el inicio de su gestión, lo malo es que la estrategia no ha sido consistente y, en consecuencia, ha fallado ante los ojos de la opinión pública. Tan es así que la inseguridad hoy es lamento y plañido dentro del periplo neoyorquino que hoy concluye.

Por el bien de todos, se desea que Felipe Calderón reconozca lo que no funcionó y corrija lo que haya que corregir. Es inaceptable el baño de sangre como destino de país.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Desgracia


Dos consensos se extienden a lo largo y ancho del país. Uno se refiere a la disposición de gobierno y sociedad para rechazar las agresiones del crimen organizado. En eso todos están de acuerdo, más ahora que la violencia ha involucrado a inocentes. Es un consenso que el miedo ha terminado por rubricar y, a excepción de la delincuencia organizada, la lucha tiene el apoyo de todos, nadie la rechaza.

Lo que está en cuestión, y ese es el otro consenso plasmado en la opinión de la prensa escrita, es la estrategia gubernamental para combatir al crimen organizado. En ese punto la opinión es casi unánimemente adversa al presidente Calderón, salvo las cúpulas que albergan el Consejo Coordinador Empresarial, la mayoría muestra desacuerdo con la forma como hasta ahora el gobierno ha conducido este combate. El mismo secretario en gobernación insiste en afirmar que la estrategia está bien y no se va a modificar, lo que equivale a aceptar que las consecuencias sangrientas estaban previstas hasta en hechos como los ocurridos la noche del 15 de septiembre en Morelia, Michoacán. Pero no se dice hasta cuando se puede mantener la actual estrategia.

Con esa falta de humildad que muestra Felipe Calderón y sus cercanos, nunca alcanzarán la estrella de la redención. El orgullo no puede ser tan grande como para dar cabida a la desvergüenza. Sin atender la amplia opinión adversa, se limitan a proponer leyes, burocracia y presupuesto para combatir al crimen organizado, sin mirar hacia el cómo se construyó, inconscientemente, el proceso que llevó al país a caer en manos del crimen organizado. Como si se tratara de una maldición divina para obviarse las explicaciones.

Y así está el país, mirándose el ombligo de sus desgracias, atado a un modelo globalizador que hace agua desde el centro de sus promotores. El modelo se acabó, reconoce Carlos Elizondo Mayer-Serra (Reforma). El sistema financiero autorregulado no aguantó más y el presidente George W. Bush ha tomado medidas de salvataje estatal para rescatar porciones del sistema financiero asentadas en los Estados Unidos: hipotecarias, bancos, aseguradoras.

Ese modelo de acumulación que tenía entre sus tesis centrales la degradación del interés público ante los apetitos privados y el consecuente desmantelamiento del aparato público, para demostrar la bondad de la mano invisible, sin sospechar que la mano ensangrentada de la delincuencia operaría en paralelo al debilitamiento del Estado que cedía responsabilidades al mercado.

Para desgracia, esta apreciación de muchos es ignorada un día sí y otro también por el gobierno.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Granadas


En un mes han ocurrido asesinatos, ya es costumbre. Multihomicidios estremecedores en dos sentidos: uno la frialdad en su ejecución criminal. Dos, la respuesta desarticulada de la autoridad. Primero fue el poblado de Creel, en Chihuahua. El asesinato de trece jóvenes que todavía no alcanza esclarecimiento alguno. Le siguió el hallazgo de doce policías decapitados cerca de Mérida, en Yucatán. Después se encontraron los cuerpos sin vida de veinticuatro personas en Ocoyoacac, Estado de México, veintidós de ellos tenían por oficio la albañilería o faenas asimilables.

Por si no hubiera hartazgo, el 15 de septiembre, en plena celebración de El Grito de la Independencia, estallan dos granadas ante la multitud reunida en la plaza principal de Morelia en Michoacán. Se cuentan siete muertos y 101 heridos, de los cuales ocho son de gravedad. Esa es la verdad oficial. Precisamente en Michoacán, donde comenzaron los operativos contra el crimen organizado y la delincuencia. Ese dato indica que los operativos no han servido.

Al día siguiente, el presidente Felipe Calderón habla de los enemigos de México y de la impostergable unidad nacional. No da nombres, ni ubica a los enemigos. Una acusación en abstracto que arroja otro dato. La Plataforma México, el sistema de inteligencia para detectar y encontrar a los criminales con el que cuenta la SSP no está funcionando, es un elefante blanco.

Y si el Presidente no tiene información estamos perdidos. No habrá Ejército, ni policía, ni presupuesto suficiente para combatir a la delincuencia organizada si no se revisa a fondo la estrategia, a menos que se quiera imponer la suspensión de garantías constitucionales. Es frustrante que la autoridad no pueda señalar, ubicar y echarle el guante a por lo menos diez miembros distinguidos del hampa, descabezarlos ¿Quién los protege? ¿Y si no fuera el hampa?

El caso de Michoacán, como el de casi todos los estados, le debería ser perfectamente diagnosticado a Felipe Calderón. Que le sirvan de algo sus economistas para percatarse de la desproporción entre lo que produce el aparato productivo del estado y la riqueza que se ostenta en plazas como Morelia o Zamora. Que le sirvan de algo los fiscalistas de Hacienda, para elaborar un operativo semejante al que llevó a la cárcel a Al Capone en los Estados Unidos.

Se invoca la unidad nacional como un recurso desesperado ante la incapacidad propia. Convocatoria bien recibida por el editorial de El Universal, objetada en su maña por el editorial de La Jornada. El Presidente tiene que ser específico y contundente cuando habla de enemigos y traidores a la patria, no dar lugar a interpretaciones que den cauce al linchamiento sin fundamento. Ya se publica que el discurso presidencial lleva dedicatoria para López Obrador, como queriendo poner en un mismo saco a la oposición con la delincuencia.

Si por casualidad en un clóset de la residencia presidencial, Felipe Calderón dio con el calzado de Gustavo Díaz Ordaz más vale que los aparte de su entorno, no vaya a ser que se lo quieran hacer calzar. La explosión de las granadas debe investigarse con la certeza y cuidado justos para no caer en la perversa emulación de George Bush.
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