miércoles, 29 de mayo de 2013

Nueva versión


Se han cumplido prácticamente seis meses del gobierno del presidente Peña Nieto y la adversidad se le hace presente. Aunque no se exprese en esos términos, en la prensa encontramos elementos de una confrontación del calderonismo y su líder nato en contra de Peña Nieto.

Felipe Calderón dejó casi inservible el aparato público y la nueva administración no termina de agarrar los fierros. Como ninguno, Calderón fortaleció las actividades delictivas, con él creció el crimen organizado y las incapacidades institucionales para detenerlo. No menos desgraciado fue la total subordinación del sector público al privado, a sus cúpulas para ser exacto. Acostumbrados a imponer condiciones no entienden la complicada situación del país, prefieren hacerle el juego al expresidente y rezongan por cualquier modificación a sus privilegios que se proponga el actual gobierno.

A todos nos queda claro: Peña Nieto no es un revolucionario, mucho menos de corte anticapitalista. Sí tiene la sensibilidad suficiente como para darse cuenta de un capitalismo que sirve para alimentar la lista de Forbes con el costo de la desigualdad social extrema, de mala alimentación y con hambrientos no es incluyente. Un capitalismo así, que propicia altos niveles de polarización social, no hay gobierno democrático que lo resista.

La pugna al interior del Partido Acción Nacional es subproducto de la confrontación arriba señalada. Con todo, no es una pugna determinante para los destinos del país. Lo explosivo es que se afirme y consolide una alianza antigubernamental del calderonismo y un sector de los empresarios en contra de Peña Nieto. Ésa alianza es la fuerza política que ha puesto condiciones, obstáculos, a sortear para alcanzar los propósitos del actual gobierno.

De lo que se resuelva en esta disputa elitista por la nación, dependerá si el país sigue el curso del retroceso derechista o si realmente se abre una nueva era de bienestar para los mexicanos.

Un tema en el que se puede expresar la coyuntura señalada es el de la productividad. Esta semana, el presidente Peña Nieto tomó protesta a los integrantes del Comité Nacional de Productividad en el Palacio Nacional. Allí nos dijo, que no obstante los bajos salarios y el número de horas trabajadas por trabajador (dentro del universo de los países que conforman la OCDE) esas variables no se ven reflejadas en la productividad. Y digo yo, así se hagan reformas como la laboral, que en el fondo no es más que una desregulación de la contratación de la mano de obra que, por cierto, no modificó la realidad imperante, sólo sancionó lo que ya estaba en los hechos. Una desregulación con incidencia leve en la productividad.

La productividad potenciada desde el aprovechamiento de la mano de obra parece tener un componente sugerido en el programa especial para democratizar la productividad. El punto es la gestión de los recursos humanos. La mayoría de las empresas fallan en la gerencia de sus recursos humanos y es responsabilidad plena de cada empresa, el gobierno como tal tiene poco que ver. La principal falla en la gestión parte del desprecio al trabajador, la falta de respeto, su reducción a la condición de cosa.

Si se quiere realmente aumentar la productividad es necesaria una revolución en la dirección de los recursos humanos. Lamentablemente no hay disposición empresarial a pensar una revolución de esta naturaleza. La resonancia del México Bárbaro no se ha extinguido. Y los aliados de Calderón no quieren que se extinga, prefieren estirar la liga de la sobreexplotación. Y al interior del gobierno el Estatuto de los trabajadores de base y la Ley Burocrática de los empleados de confianza le impiden poner el ejemplo sobre un mejor manejo de los recursos humanos.

(Por nueva versión aludo a las diferencias que se dan entre un expresidente y el presidente que lo sucede) 

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