martes, 11 de mayo de 2010

Tarde y sin tino



A nueve días después del primero de mayo, el gobierno se acordó de pequeña y significativa porción de los trabajadores mexicanos, los electricistas de la empresa en liquidación Luz y Fuerza. No lo hizo a través de su secretario del trabajo –Javier Lozano- sino con el concurso de un subsecretario de gobernación, Roberto Gil. Esta intervención gubernamental no la movió el interés por establecer una relación constructiva con el movimiento obrero, eso no ha pasado por la mente de los funcionarios. No, lo que motivó la convocatoria fue el temor, no dicho, de un desenlace fatal de la huelga de hambre iniciada por electricistas que fueron separados de su fuente de trabajo.

La huelga inició el 25 de abril del presente año instalándose en el zócalo de la ciudad de México. Los trabajadores adoptaron esta medida extrema para recuperar sus puestos de trabajo con la certeza de que el gobierno no fundamentó con la verdad su procedimiento legal en contra de cuarenta mil trabajadores. Esto es, la Suprema Corte está capacitada para revertir el decreto de extinción de Luz y Fuerza. Tal vez el hecho mismo de la huelga no influya en la decisión de los magistrados que tarde o temprano tendrán que adoptar. Pero si es seguro que la huelga de hambre, que insidiosamente se ha tratado de descalificar o de ignorar en la mayoría de los medios, es un recurso de los trabajadores que incide en el desprestigio que ha venido acumulando el gobierno y que eufemísticamente le llama mala prensa.

Roberto Gil le pide a los huelguistas que sean sensatos, que desistan de su proceder irracional que atenta en contra de sus vidas, que no se dejen llevar por liderazgos que no traen nado bueno. Que reconsideren su actitud pues el gobierno está dispuesto a encontrarles ocupación como sí la justificación de sus puestos de trabajo realmente hubiera desaparecido. Vaya que no. El domingo y lunes que acaban de pasar, la ciudad de México se vio azotada por apagones en diversas colonias, falta de suministro eléctrico que los capitalinos padecen ya con regularidad. La empresa de clase mundial a la que se le encargó mantener el servicio (Comisión Federal de Electricidad) le ha sacado la vuelta a la responsabilidad subcontratando compañías que parecen operar a ciegas, que no conocen a fondo la tarea para la cuales las contrataron. A siete meses del decreto de liquidación los afectados se multiplican, pues ya no son los electricistas y sus familias, sino la población del Valle de México. Población que a la hora de votar en el 2012 será devastadora para la permanencia del partido en el poder y que ni para remedio le servirán los ochenta mil aplaudidores de la Concanaco que comenta en su columna de Reforma Miguel Ángel Granados Chapa.

Insensata e irracional ha sido la postura ideológica del gobierno cuando se postula como personero non de las fuerzas del mercado y se aparta de sus responsabilidades de Estado, como lo es la de gobernar para todos. Hay nerviosismo en el gobierno cuando su máximo representante tiene que enfrentar la rechifla de los ciudadanos que no entienden del espiritismo de las señales del mercado y sí sienten la crudeza del desempleo y de la inseguridad que tiene su expresión más retorcida en los daños colaterales.

El gobierno tiene, además, una presión adicional no menos importante, ni menos poderosa, la que proviene del gobierno de los Estados Unidos y que sí vela por sus intereses estratégicos. Intereses que quieren asegurarse de dos cosas: que Andrés Manuel López Obrador efectivamente sea un cadáver político y que el PRI no regrese a Los Pinos. Para ello a puesto a un embajador, Carlos Pascual, intervencionista sin ambages, con la firme intención de mantener a los lacayos hasta que el pueblo de México disuelva su identidad soberana.

Por eso preocupa al gobierno de Calderón la huelga de hambre de los electricistas, que se convierta dicho movimiento en la gota que derrame el vaso de los descontentos acumulados.

viernes, 7 de mayo de 2010

Desesperación



Se quiere resolver en los medios lo que por naturaleza corresponde a las facultades de los poderes constituidos. La estrategia felipista de combate al narcotráfico no ha fallado, es la correcta y además es la única. Quienes fallan son los medios que no han sabido comunicar favorablemente para el gobierno los acontecimientos relacionados con la “guerra”. Ése es el debate que ha puesto sobre la mesa el gobierno, en consecuencia, prioridad de la agenda nacional sobre cualquier otro tipo de información.

Si seguimos hablando del mismo tema del crimen organizado es porque el mismo gobierno se ha encargado que así sea (La comunicación del Presidente) Es inexacto e injusto señalar que los medios se han encargado de priorizar el tema. Todos los días nos enteramos de informaciones gubernamentales (y estadounidenses) que nos remiten invariablemente al asunto. Información a la que no pocas veces le falta precisión, por ejemplo, no sabemos cuando concluirá la “guerra” pues distintas fuentes del gabinete de seguridad no coinciden en el pronóstico.


Pasa el tiempo y el tema lo manipula con desparpajo el gobierno de los Estados Unidos. Ya tenemos declaraciones de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, que solicita apoyo para el presidente Calderón pues lo ve muy aislado en su “guerra”. La DEA de plano se mete a la política interna, a la sucesión presidencial en México, en voz de Anthony Plácido expresa la preocupación de allende la frontera sobre la continuidad en esta lucha ahora que se vaya Calderón -antes o en su momento, no se aclaró- como si las instituciones y el país entero dependieran de Felipe de Jesús Calderón Hinojosa. Como si los Estados Unidos hubieran resuelto el problema del narcotráfico y dejaran de lanzar alertas por la inseguridad en México.

En el trayecto, el presidente Calderón no ha tenido la deferencia para con sus gobernados de fundamentar constitucionalmente su “guerra”, la ha manejado, eso sí, como una serie bélica de televisión, no como un documental que se esfuerza por incluir información narrada que refuercen las imágenes, serie orientada más al drama que a una bien fundamentada acción del Estado. Por ello es que no encontramos en esta historia la invocación del Artículo 73 de la Constitución donde señala que es facultad compartida del Congreso hacer la declaratoria de guerra de acuerdo a la información proporcionada por el Ejecutivo. Igualmente se omite el Artículo 89 que apunta como una de las facultades del Ejecutivo, en su fracción VIII: “Declarar la guerra en nombre de los Estados Unidos Mexicanos, previa ley del Congreso de la Unión.” O sea que Felipe Calderón ha declarado su “guerra” saltándose la Constitución.

Se puede decir que es una licencia retórica que se ha conferido el Presidente, que hay otras disposiciones jurídicas que justifican plenamente el combate al crimen organizado. Seguro que las hay, pero él las ha obviado en aras de una legitimidad que no alcanzó en las urnas. Ha preferido hablar de “guerra” y adoptar una pose de salvador, el Mesías Michoacano o de Puruándiro (Buen título para una futura obra de Enrique Krauze)

Al final del día el Presidente, en su megalomanía desinformada, se ha dado cuenta que se metió en el pantano y no sabe como salir de el. Acusa a los medios, mañana lo hará a la sociedad. Y la desesperación lo lleva a un giro de 180° en su retórica desastrosa: ahora inaugura una nueva operación Paz en la Frontera con milquinientos marinos al frente.
No es el momento de acusar a los Apologistas y descalificar a los Estadistas fallidos.

martes, 4 de mayo de 2010

Los trabajadores merecen mejor trato



Ha pasado el primero de mayo y el gobierno desaprovechó una oportunidad para acercarse con los trabajadores y debatir su reforma laboral. Felipe Calderón prefirió volar hacia Alemania para convencer a otros de su condición mesiánica. Salvó al mundo de un mayor impacto de la epidemia de influenza A H1N1 y salvó a México del Apocalipsis. Quién en sus cabales se va a creer supuesto portento salvador.

Menos delirio y más sensatez. El desprecio por la fiesta de los trabajadores es de suyo una actitud intolerante. Pero que no se tratara de un asunto empresarial y ya estaría dispuesto el gobernante a mostrar sus dotes para la genuflexión. En su desprecio, Calderón fue correspondido por la marcha de los independientes y por la concentración de las centrales priístas. En las dos convocatorias rechazaron su reforma y repudiaron a su secretario de trabajo.

Son ganas de no hacer con gusto las cosas, no tener el mínimo de empatía. Definitivamente, lo de Calderón no es gobernar. No se le da o no tiene realmente quien le ayude.

No es que se desconozca la venalidad en la que incurren los líderes sindicales o lo asfixiante que puede ser el sindicalismo que no acepta procedimientos democráticos ni la rendición de cuentas. Pero los trabajadores están ahí, cumpliendo con su encargo de generar la riqueza nacional y si aquí no les da trabajo hacen lo mismo en el país que los emplee.

El presidente Calderón debió asumir un diálogo franco con los representantes de los trabajadores para defender su reforma y escuchar los argumentos en contra. Hay muchas cuentas pendientes que abordarse. Los trabajadores, salvo excepciones de gremios amafiados con el gobierno, han visto disminuir sus conquistas. El régimen de pensiones, por ejemplo, se modificó no para mejorar a los trabajadores sino por la incapacidad fiscal del Estado.

Hay otros asuntos muy específicos y no menos lacerantes. Entre otros el de la mina de Pasta de Conchos en Coahuila, donde murieron en un accidente más de cincuenta mineros y es la hora de que no se ha hecho justicia. Lo de Cananea y Luz y Fuerza, que con insensibilidad total se despoja a los trabajadores de su fuente de trabajo. Los deudos de la guardería ABC no tienen atención completa y sin remilgos a sus exigencias de justicia.

Una agenda tan sensible es ignorada, se prefiere salir de viaje sin urgencia o pretexto que valga. Acaso no se estará entrenando Calderón para su futura condición de exiliado. En el Centenario de la Revolución Mexicana bien se puede conmemorar con un Ipiranga para Felipe de Jesús.

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