En este espacio he afirmado que
la reforma educativa no es precisamente como se pinta. También he dicho que una
reforma educativa tiene que referirse a otros entes responsables de la
socialización, no precisamente las escuelas, ni del sector público, como lo son
la radio y la televisión o las misma familia, pues lo enseñado en la escuela es
asombrosamente aplastado por otros canales de socialización, sin que la
autoridad pueda decir esta boca es mía. He insistido en el fondo político del
incordio alrededor de una reforma a un sector que, por décadas, estuvo al
servicio de los poderes establecidos, a través de la participación corporativa
o facciosa de la organización sindical de los maestros en los procesos
electorales.
No se ha declarado mediante
documento público la estrategia y el porqué de la defenestración del magisterio.
Eso no parece tener interés, lo que se hace relevante en los medios es hacer de
la reforma un aparador para el actual secretario de la educación pública
Aurelio Nuño.
El proceso de evaluación en
curso, al cual son convocados los profesores, ha revelado la insuficiencia del
consenso reformador, pues a que otra da a entender la presencia de la fuerza
pública para blindar los recintos donde se practican las evaluaciones.
Entendámonos, la reforma
educativa todavía no es tal y quién sabe si lo llegue a ser. En los hechos,
estamos ante desmantelamiento de un poder fáctico, a lo más que se puede llegar
es acotarlo, difícilmente a desaparecerlo. En el proceso seguirán los amagos,
puede que hasta enfrentamientos, masacres.
Hasta ahora nada se ha dicho de
la reforma en las escuelas Normales, responsables académicas originarias de la
calidad de los docentes. Desde hace lustros, desde el fatídico jueves de Corpus
del 10 de junio de 1971, la publicidad de las Normales se ha confinado en una
zona gris. Los reflectores los acaparó la dirigencia sindical, su líder del
momento: Jesús Robles Martínez, Jongitud Barrios, hasta Elba Esther Gordillo.
El de ahora ya no tiene espacio en la memoria pública ¿Cómo se llama? El
llamado, por algunos, desastre educativo no tiene origen en los profesores, más
bien ha sido el abandono de las instituciones encargadas de formarlos para la
profesión.
Esfuerzos no han faltado, se han
hecho inoperantes por la voracidad burocrática. En 1972 se utilizaron (tomaron)
las instalaciones de la rectoría de la UNAM por un grupo de normalistas como
vehículo para la demanda de equiparar los estudios en la Normal a los de la
Preparatoria y así poder concursar para ingresar a una licenciatura
universitaria. Los invasores se salieron con la suya y el gobierno, en la justa
visión de no sobrecargar a la UNAM, ideó la fundación de la Universidad
Pedagógica Nacional (fundada en 1978) todo un sistema nacional para la mejora
de las capacidades de los profesores. Ha sido un fracaso la UPN, de haber
cumplido su propósito su reflejo estaría en la calidad mejorada de los docentes
de educación básica. Se convirtió en un organismo burocrático más en la zona
gris, copado por el SNTE.
De nada servirá el proceso de
evaluación si no se reforma la matriz de la que provienen los profesores. A lo mejor ése no es el problema, sólo se trata de una descarnada lucha por el poder.
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